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La vida de Edwin Palma Egea: ¨Pa´ donde mires tienes que subir¨

Luz Marina Egea Torres no borra la imagen de su hijo llorando al regresar del colegio. “La profesora no me dibujó un corazón en la mano porque no supe escribir mi nombre” le contó Edwin. Sin recordar el incidente, él sigue vivificando la lección amorosa de su mamá, la madre comunitaria que en una tarde enseñó a su hijo a escribir su nombre, que no hay reto imposible para quien tiene voluntad.

Edwin es el segundo hijo del hogar de Orlando, cobrador de electrodomésticos, y Luz Marina, madre comunitaria, simpatizante del otrora poderoso Frente Liberal Independiente -FILA, liderado por Horacio Serpa Uribe, también barranqueño. Su hermano mayor murió antes de que él naciera, con su hermana menor han forjado una alianza que ya tiene 36 años.

La dulzura de Orlando Palma se dibuja en sus sonrientes ojos y su hablar pausado. Su firmeza se cuenta en los relatos de sobrevivencia a las amenazas de deudores furiosos y de resistencia a las presiones de las guerrillas asentadas en la zona nororiental de Barrancabermeja, que bien lo invitaban a sus filas, bien le pedían favores que le hubieran costado libertad o tranquilidad, bien eran un riesgo para su vida y la de los suyos.

La fuerza de Luz Marina se expresa en su conversación acelerada que hila su vida en el relato de los logros familiares y personales: el lote adquirido con gran esfuerzo para dejar de pagar arriendo; la casa destruida por un incendio y reconstruida con los ahorros y el trabajo de la familia; el liderazgo de 33 años en el grupo de madres comunitarias de los barrios 20 de agosto y Las Granjas, de Barrancabermeja; los dos hijos exitosos, amorosos.

Desde que aprendió a escribir su nombre, Edwin le ha ganado retos a la vida y carreras al tiempo. Su infancia transcurrió en la zozobra de la Comuna Nororiental de Barrancabermeja, que hasta el año 1998 estuvo copada por las Farc, el EPL y el ELN, grupos que se enfrentaban entre sí o con el ejército. Después llegaron los paramilitares, que Edwin padeció en sus primeros años de feroz amenaza.

Noches dormidas en el suelo, pegados a las paredes. Evitar los cables que iban del árbol vecino a la esquina. Puertas y oídos cerrados a las invitaciones a recibir los objetos robados a los camiones repartidores. El patio invadido por descuartizadores de animales. Largas caminatas entre balas, cuando los buses dejaban de entrar a la Zona Nororiental. Amigos asesinados. Vecinos cambiando de brazalete. Unos padres decididos a alejarlos de la violencia y luchando para que sus hijos llegaran a los mejores colegios han sido inspiración amorosa convertida en sonrisas y actos generosos cotidianos.

Al reto de vivir en vecindarios abandonados a su suerte, Edwin respondió con la determinación de ganar. Al cupo inesperado en el Instituto Técnico Superior Industrial de Barrancabermeja respondió con el primer lugar de su curso, año tras año hasta terminar bachillerato. A las calles sin pavimentar, armando torneos de fútbol que forjaron amistades de décadas. A la necesidad, trabajando primero en la video-tienda de un amigo de infancia; luego, con la familia de la novia con que vivió para acompañarla a ella a estudiar cada día; al trabajo arreglando sillas escolares que le dejó sus primeros ahorros, sacrificados al sueño de hacer su práctica en Coca Cola Cúcuta.

A sus 15 años, el bachiller Edwin Palma quiso cambiar la soldadura que irritaba sus ojos por las aulas y, particularmente, por los números que han sido una de sus pasiones. Su madre lo apoyó para iniciar estudios de Licenciatura en Matemáticas en la Universidad de Pamplona, que compartía sede con la normal de Barrancabermeja. Ese era el edificio más al oeste en la carrera 28, la amplia y arborizada avenida que también acoge la sede de la USO nacional, el edificio del Instituto Técnico Superior Industrial y la del SENA.

En el tercer semestre de su Licenciatura, Edwin no había visto un solo número, lo que para entonces era su pasión. Una mañana, yendo a estudiar descubrió una convocatoria del SENA para estudiar Análisis Químico; no había prestado servicio militar, tampoco tenía patrocinio, pero ¿por qué no intentarlo? Al cabo de un año había vuelto a mostrar su brillantez y estaba preparado para iniciar prácticas, las que no pudo realizar en la planta de Coca Cola de Cúcuta, intento que le costó sus ahorros y que le enseñó a negociar las condiciones de trabajo, primero para él, luego para decenas de miles de trabajadores colombianos que han conquistado con mucha lidia el derecho a negociar colectivamente y así conquistar derechos con los que intentan acercarse a sus iguales en el mundo.

Tenía 17 años. Era el mejor bachiller de su colegio en su generación. Había desechado una carrera que lo aburría para cambiarla por otra en la que fórmulas y análisis eran el día a día. Lo habían descartado en una selección. ¿Qué seguía? El ”Padre Byron”, el encargado de conectar los practicantes con las empresas le consiguió una entrevista en Orito. Él la aceptó si le pagaban el viaje, lo consiguió, así fue como entró al laboratorio de Ecopetrol en el Putumayo; sus padres, entonces, le dieron el permiso para la aventura que lo llevó a 1.029 kilómetros de la ciudad en la que hasta entonces se cambiaba de barrio para sentirse en vacaciones escolares.

Al terminar su práctica, Ecopetrol le ofreció un contrato de trabajo a término fijo. Lo aceptó porque era una oportunidad importante, le permitía continuar con su negocio de ensamble y reparación de computadores; mantener su relación con la mujer con quien vivía, rumbear como se hace en una ciudad un poco menos insegura, y continuar trabajando en la empresa estrella de Colombia.

Aceptar el trabajo no significó resignarse a la inestabilidad que ofrecía. Por un mensaje interno conoció la convocatoria para técnicos de laboratorio en la Refinería de Barrancabermeja. Para Edwin era una oportunidad dorada porque le abría las puertas al contrato a término indefinido y al regreso a su ciudad. En esa competencia con 18 personas, Edwin obtuvo la plaza, también la angustia de esperar por dos meses una llamada que no llegaba, ese silencio lo condujo a buscar ayuda en la Unión Sindical Obrera, a través de Víctor Jaimes Villareal y Juan Ramón Ríos, líderes del grupo Alternativa Obrera, una tendencia política ya inexistente en la USO

Por Juan Ramón supo que era víctima de una especie de censura disfrazada de código de seguridad que se imponía a todo aspirante a trabajar que llegara desde los barrios nororientales de Barrancabermeja. Tras saltar la barrera, Edwin accedió al laboratorio de la Refinería de Barrancabermeja, altamente exigente en el trabajo y en la militancia sindical. Apenas llegaba a los 19 años y ya se sentía listo para hacerse líder. Inició su recorrido sindical solo, de la mano del actual presidente la USO, luego junto a Juan Ramón Ríos y Alternativa Obrera, una corriente sindical alejada de la intensa actividad política de la USO, pero cercana a la defensa de los derechos de los trabajadores de Ecopetrol. Apenas en dos años Edwin empezó a proponer nuevas ideas, formas y alternativas para la lucha obrera. 

Era 2004, un año crucial para Ecopetrol y la USO, el año de la huelga política que costó más de 250 despidos, la mayoría de ellos dirigentes sindicales.

El joven sindicalista habría sido víctima de la persecución laboral, de haber tenido la mala suerte de ser atropellado por un bus al salir de una reunión sindical. Las fracturas le dejaron nueve meses de incapacidad física, que no del activismo emocional propio de su juventud. Por haber impreso documentos de denuncia contra Ecopetrol y sus líderes, la Fiscalía lo acusó de terrorismo y lo hizo apresar mientras parrandeaba con su amigo Danilo. Dos meses de prisión le dejaron sus verdaderos amigos, la angustia de don Orlando, la compañía de su madre y a Sebastián, el mayor de sus cuatro hijos, que han crecido con la hija mayor de Jehymmys Sánchez, su esposa y compañera desde hace diez años.

Con la mayoría de dirigentes sindicales despedidos de Ecopetrol, llegó a la USO una nueva generación y Edwin tenía una meta clara: ser elegido presidente de la más importante organización sindical del país, Edwin se independizó para aspirar a las juntas directivas de la USO, primero la seccional de Barrancabermeja, luego la Nacional. Ser vicepresidente y presidente, fueron dignidades tempranas que honró con trabajo e ideas renovadoras.

El Comité de Reclamos de la Refinería fue a su vida sindical lo que Orito a su vida laboral. Ese órgano que básicamente sólo existe en USO-Ecopetrol actúa como un tribunal de arbitramento. Ya en ese campo de códigos y reglamentos, Edwin descubrió su vena de jurista, que ha enriquecido con sus estudios de Derecho; especializaciones en Derecho Laboral y Constitucional, y el área de su pasión: el Derecho del Trabajo, en el que es magíster, consultor nacional e internacional, y ahora tratadista.

César Loza, con quien estrechó su amistad en la Junta Nacional de la USO, destaca que el más joven presidente que ha tenido esa organización sindical puso en la agenda de los trabajadores la perspectiva de la lucha jurídica estratégica, que ha dejado entre otras victorias como el reintegro de los trabajadores despedidos en 2004; la sindicalización y afiliación a la USO de trabajadores tercerizados, el derecho de huelga en la industria petrolera, y las acciones constitucionales que han facilitado que trabajadores sin contrato laboral, como los domiciliarios de Rappi o las chanceras de Barrancabermeja, puedan formar organizaciones sindicales. César también menciona la habilidad de Edwin para convencer a cientos de trabajadores de sindicalizarse y de siempre estar presente apoyando, demandando, negociando.

Con el Estatuto del Trabajo como meta principal y el propósito de generar cambios que garanticen a todos los colombianos la buena vida que él se ha forjado con trabajo intenso, Edwin Palma cambió los privilegios de presidir la USO y trabajar en Ecopetrol por el riesgo de transformar a Colombia desde la política, como candidato al Senado por el Pacto Histórico.

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